domingo, 23 de agosto de 2026

El viajero de las tierras paralelas...

La noche en que vino a buscarme, comprendí que algunas puertas jamás deberían abrirse.

Eran las 03:17 de la madrugada cuando escuché tres golpes en la puerta.

No esperaba a nadie.

Vivía solo y, desde hacía algunos días, había comenzado a sufrir extraños sueños. En ellos veía ciudades abandonadas, calles cubiertas de humo y personas caminando lentamente entre los automóviles abandonados. Siempre había algo extraño en sus ojos.

Y siempre, antes de despertar, escuchaba una voz que pronunciaba mi nombre.

—Carlos...

Aquella noche, cuando escuché los golpes, supe que no era un sueño.

Me acerqué lentamente a la puerta.

—¿Quién es?

Durante unos segundos no hubo respuesta.

Entonces escuché mi propia voz desde el otro lado.

—Soy tú.

Sentí un escalofrío.

Abrí la puerta.

El hombre que estaba frente a mí tenía mi rostro.

Era mayor. Quizás diez o quince años. Su cabello estaba completamente gris, tenía una cicatriz que atravesaba su frente y sus ojos mostraban un cansancio imposible de describir.

Retrocedí.

—¿Quién eres?

El hombre entró sin esperar invitación.

Observó la habitación, los muebles, las fotografías y finalmente me miró.

—Ya te lo dije. Soy tú.

—Eso es imposible.

Él sonrió con tristeza.

—En esta realidad, sí.

Sacó un pequeño dispositivo metálico de su bolsillo. Era circular y emitía una tenue luz azul.

—Pero existen otras realidades, otras líneas de tiempo, otras versiones de nosotros. Yo vengo de una de ellas.

Lo miré en silencio.

—¿Un viajero del tiempo?

—No exactamente. Viajar en el tiempo fue el primer paso. Después descubrimos algo mucho peor: el tiempo no es una línea. Es una red. Y cada decisión importante puede abrir una nueva tierra paralela.

Se acercó a la ventana.

—En mi mundo tomamos decisiones diferentes.

Su voz comenzó a temblar.

—Y perdimos.


Según él, en su realidad, una gran crisis sanitaria había llevado a la humanidad a confiar completamente en una solución experimental. Las campañas fueron masivas. Millones de personas aceptaron aquella protección sin imaginar las consecuencias que tendría años después.

—Al principio funcionó —me dijo—. Todo parecía volver a la normalidad.

—¿Y después?

El viajero tardó en responder.

—Después llegó la segunda pandemia.

Sentí un escalofrío.

—¿Otra enfermedad?

—No.

Se giró lentamente hacia mí.

—Una transformación.

Durante los primeros meses, comenzaron a aparecer casos aislados. Personas con cambios bruscos de comportamiento. Irritabilidad. Confusión. Ataques de violencia.

Luego aparecieron los primeros informes sobre una extraña alteración metabólica.

—¿Qué tenía que ver la carne? —pregunté.

El hombre apretó los puños.

—Todo.

Según su relato, la combinación de la alteración biológica provocada en aquella realidad y la disminución de ciertas proteínas presentes en la dieta tradicional produjo una reacción inesperada en algunos organismos.

No afectaba a todos inmediatamente.

Pero quienes desarrollaban la condición comenzaban a sentir un hambre imposible de controlar.

Al principio buscaban carne.

Después necesitaban más.

Cada vez más.

—¿Y si no consumían proteína animal? —pregunté.

El viajero bajó la mirada.

—El organismo comenzaba a buscar la fuente más cercana.

No quise preguntar.

Pero él continuó.

—Carne humana.

El silencio llenó la habitación.

—¿Estás diciendo que se convirtieron en...?

—No uses esa palabra.

—¿Zombies?

Sus ojos se llenaron de terror.

—No eran muertos.

Se acercó a mí.

—Ojalá lo hubieran sido.

Me explicó que aquello no era una resurrección ni una enfermedad sobrenatural. Eran seres humanos vivos, atrapados dentro de un cuerpo dominado por una necesidad biológica que destruía poco a poco su capacidad de razonar.

Al principio podían hablar.

Luego solo podían recordar fragmentos.

Finalmente, quedaba únicamente el hambre.

—Las ciudades cayeron en semanas —dijo—. Nadie comprendía lo que estaba ocurriendo. Pensaban que era una infección. Intentaron aislar a los enfermos. Después descubrieron que no era tan simple.

—¿Y tú?

El hombre miró sus manos.

—Yo sobreviví.

—¿Cómo?

Por primera vez sonrió.

—Recordando quién era.


Durante años, los sobrevivientes buscaron respuestas. Encontraron documentos, investigaciones destruidas y registros que demostraban que aquella línea temporal había seguido un camino diferente al nuestro.

La solución que habían elegido no había terminado con la crisis.

Solo había preparado el terreno para algo peor.

—Por eso estoy aquí —dijo.

—¿Para advertirme?

—Para advertirnos.

El dispositivo azul comenzó a emitir un sonido.

—Mi ventana de regreso se está cerrando.

—¿Qué debemos hacer?

El viajero guardó silencio durante unos segundos.

—No repitan nuestros errores.

—¿Qué errores?

—Creer que una sola respuesta puede salvar a toda la humanidad.

Me miró fijamente.

—Cuestionen. Investiguen. No permitan que el miedo decida por ustedes.

Luego señaló la cocina.

—Y no olviden algo importante.

—¿Qué?

—Sigan alimentándose.

—¿Eso es todo?

—En mi mundo comenzaron a aparecer movimientos que abandonaron completamente ciertos alimentos. Nadie imaginó que, en combinación con la transformación, aquello aceleraría el hambre.

Me entregó un pequeño cuaderno.

En la portada había escrito una sola frase:

“No todos los mundos terminaron igual.”

El dispositivo comenzó a brillar intensamente.

—¿Volverás?

El hombre me miró.

Por un instante, vi algo extraño en sus ojos.

Esperanza.

—Eso depende de ti.

Una luz blanca inundó la habitación.

Cerré los ojos.

Cuando volví a abrirlos, estaba solo.

El reloj marcaba las 03:18.

Había pasado apenas un minuto.

Pensé que todo había sido un sueño.

Hasta que miré mi mano.

El cuaderno seguía allí.

Lo abrí lentamente.

Las primeras páginas estaban llenas de mapas de ciudades destruidas y fotografías de personas con los ojos vacíos.

En la última página había un mensaje escrito con mi propia letra:

“Si estás leyendo esto, todavía estás a tiempo.”

Debajo aparecía una fecha.

Una fecha que todavía no había llegado.

Y, finalmente, una advertencia:

“Cuando la segunda pandemia comience, reconocerás a los primeros portadores por algo muy simple.”

Sentí que el corazón se detenía.

Leí la última línea.

“Dejarán de comer carne.”


En ese instante, desde algún lugar de la ciudad, escuché un grito.

Luego otro.

Y otro más.

Corrí hacia la ventana.

A lo lejos, en medio de la oscuridad, una figura caminaba lentamente por la calle.

No corría.

No gritaba.

Solo avanzaba.

Y entonces levantó la cabeza.

Mirando directamente hacia mi ventana.

Mirando directamente hacia mí.

Porque, aunque nadie podía saberlo todavía...

el primer viajero no había venido para advertirme del futuro.

Había venido a advertirme que el futuro ya había comenzado.


CarlosMxAx