Desde un puerto sin nombre zarpó un navío,
cubierto de niebla, silencio y frío,
llevaba en sus bodegas algo invisible,
un huésped oscuro, pequeño e invencible.
No eran cañones ni pólvora vieja,
era un aliento que el miedo refleja,
como aquel tiempo que el mundo encerró
cuando el coronavirus las calles vació.
Crujía la madera bajo la tormenta,
la radio callaba, la brújula lenta,
y en cada frontera, puerto y ciudad,
crecía la sombra de una enfermedad.
Decían los viejos mirando la mar:
“las plagas aprenden también a viajar”,
y el barco avanzaba sin mirar atrás,
como si el destino lo empujara más.
Luego llegó el año del gran carnaval,
banderas y estadios, la fiesta mundial,
millones cantando bajo una ilusión,
noventa minutos latiendo en canción.
Pero en la multitud, entre cada abrazo,
viajaba escondido el siguiente fracaso,
un eco del mundo que no comprendió
las cicatrices que el tiempo dejó.
Las luces brillaban, rugía la gente,
y el miedo volvía callado y creciente,
como una marea difícil de ver,
naciendo despacio antes de crecer.
Y el barco, perdido en algún litoral,
seguía flotando, espectral y fatal,
recordando al hombre, con voz del océano:
que a veces el peligro navega en silencio humano.
MxAx
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