martes, 25 de agosto de 2026

El viajero de las tierras paralelas (II)

Carlos permaneció frente al hombre durante varios segundos. Aquel desconocido tenía su rostro. Sus ojos. Su voz.

Pero, sobre todo, tenía algo que Carlos todavía no poseía: el cansancio de quien había vivido demasiado tiempo con una verdad imposible.

—¿Qué quieres decir con que vienes a pedirme ayuda? —preguntó Carlos.

El hombre del futuro observó la grieta suspendida sobre la ciudad.

—La advertencia fue un error.

Carlos frunció el ceño. —¿Qué advertencia? —Mi viaje.

El viento comenzó a soplar con fuerza. Desde las calles, miles de personas continuaban mirando el cielo sin comprender lo que estaba ocurriendo.

Carlos dio un paso hacia el viajero.

—Tú viniste desde otra línea temporal para advertirme. —Eso creía.

El hombre cerró los ojos.

—Creía que había llegado aquí para evitar el desastre.

—¿Y no era así?

El viajero sonrió con amargura.

—No.

Por primera vez, Carlos sintió un miedo diferente.

No era el miedo a los hambrientos.

Ni a la pandemia.

Era el miedo a comprender que todo lo que había hecho para sobrevivir había contribuido a destruir el mundo.

—Entonces, ¿qué ocurrió?

El viajero levantó el pequeño dispositivo que sostenía en su mano.

—Cuando atravesé las realidades, llevé conmigo algo.

Carlos recordó las primeras palabras del visitante.

Algo había cruzado con él.

—La infección.

El viajero negó lentamente.

—Peor.

La grieta del cielo comenzó a expandirse.

—La posibilidad de la infección.

Durante años, los supervivientes buscaron el origen de la segunda pandemia.

Analizaron vacunas, tratamientos, alimentos y sustancias presentes en los cuerpos de los infectados.

Nunca encontraron una causa única.

Porque estaban buscando en el lugar equivocado.

La pandemia no había comenzado en un laboratorio.

Ni en un hospital. Ni en una vacuna. Había comenzado en una paradoja.

Carlos guardó silencio.

—¿Yo?

El viajero asintió.

—Tú.

—Eso es imposible.

—Lo sé. Por eso tardamos tanto en descubrirlo.

El hombre sacó el cuaderno.

Sus páginas contenían los nombres de cientos de versiones.

Carlos Muñoz — Línea 01.

Carlos Muñoz — Línea 17.

Carlos Muñoz — Línea 83.

Carlos Muñoz — Línea 204.

Carlos tomó el cuaderno.

En cada página había una fotografía.

En todas aparecía él.

Más joven.

Más viejo.

Con barba.

Sin barba.

En ciudades que nunca había visitado.

En mundos que nunca había conocido.

—¿Cuántos somos?

El viajero no respondió. Carlos levantó la mirada. —¿Cuántos? —No lo sabemos.

Carlos volvió a observar las páginas.

—¿Qué tenemos que ver con la pandemia?

El viajero se acercó.

—Cada versión de Carlos tomó una decisión diferente.

—Eso es lógico.

—Pero había una decisión que se repetía.

Carlos esperó.

—Todos intentamos advertir a nuestras otras versiones.

El silencio se hizo absoluto.

El primer Carlos había viajado para evitar la pandemia.

Su intervención alteró una línea temporal.

En aquella nueva realidad apareció otro Carlos que también descubrió el desastre.

Y volvió a viajar.

Después otro.

Y otro.

Cada advertencia provocaba una modificación.

Cada modificación creaba una nueva realidad.

Cada nueva realidad generaba otra versión de Carlos.

Y cada Carlos intentaba evitar el desastre.

La grieta entre los mundos comenzó a crecer.

—No fue la infección la que destruyó las realidades —dijo el viajero—. Fuimos nosotros intentando salvarlas.

Carlos dejó caer el cuaderno.

—Entonces la advertencia...

—La advertencia fue el origen.

La ciudad comenzó a temblar.

A lo lejos, la grieta descendía lentamente sobre los edificios.

—Cada vez que uno de nosotros cruzaba entre mundos —continuó el viajero—, llevaba consigo una pequeña alteración. Una posibilidad. Una variante.

—¿Y esas variantes?

—Se acumulaban.

Carlos comprendió.

Las líneas temporales no estaban siendo destruidas por una enfermedad.

Estaban siendo contaminadas por las consecuencias de intentar evitarla.

—Nosotros generamos la pandemia.

El viajero asintió.

—La humanidad no encontró la infección.

Hizo una pausa.

—La fabricamos entre todos nosotros.

—Entonces hay que cerrar los viajes —dijo Carlos—. Destruir el dispositivo.

El viajero negó.

—Ya lo intentamos.

—¿Y qué ocurrió?

—Creamos más realidades.

Carlos sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Entonces qué podemos hacer?

El viajero guardó silencio.

Durante un largo instante solo se escuchó el sonido del viento.

Finalmente, habló.

—Encontramos una única solución.

Carlos observó su rostro.

Y comprendió que aquella respuesta era la razón de su cansancio.

—¿Cuál?

El hombre abrió el cuaderno por la última página.

No había fórmulas.

No había mapas.

Solo una frase.

“EL ORIGEN DEBE DEJAR DE EXISTIR.”

Carlos levantó lentamente la mirada.

—¿El origen?

—Cada realidad tiene miles de personas.

El viajero señaló las calles.

—Pero existe una constante.

—¿Cuál?

—Carlos.

Carlos retrocedió.

—No.

—En todas las líneas temporales existe alguna versión de nosotros.

—Eso no significa que seamos responsables.

—No directamente.

El viajero respiró profundamente.

—Pero nuestra existencia se convirtió en el punto de conexión.

Carlos recordó la grieta.

Los mundos.

Los otros rostros.

Las infinitas versiones de sí mismo.

—¿Qué estás diciendo?

El hombre cerró el cuaderno.

—Que mientras exista un Carlos en alguna línea temporal...

La grieta emitió un sonido profundo.

—...siempre habrá alguien intentando viajar.

Carlos sintió un escalofrío.

—Y si alguien viaja...

—La infección volverá a cruzar.

El dispositivo se activó.

Ante ellos apareció una nueva imagen.

No era una ciudad.

Era una red.

Miles de puntos luminosos unidos entre sí.

Cada uno representaba una realidad.

Y, dentro de algunos puntos, aparecía una señal roja.

Carlos se acercó.

—¿Qué significa?

—Una versión de nosotros.

—¿Todos?

El viajero negó.

—Los que todavía están conectados a la paradoja.

Carlos observó las luces.

Había demasiadas.

—¿Qué pretendes hacer?

El viajero levantó la mirada.

—La solución no es salvarlos.

—¿Entonces?

—Es terminar con la conexión.

Carlos guardó silencio.

—¿Cómo?

El hombre respondió lentamente.

—Cada versión de Carlos debe ser eliminada de la ecuación.

Carlos dio un paso atrás.

—¿Eliminada?

—No asesinada.

El viajero activó el dispositivo.

Las palabras cambiaron.


—Debemos viajar a cada línea temporal y provocar que las versiones conectadas con la paradoja dejen de existir dentro de la red.

—¿Borrarlas?

—Devolverlas a un punto anterior a la fractura.

Carlos miró la ciudad.

—¿Y desaparecerán?

—Para quienes permanezcan en esas realidades, simplemente nunca habrán formado parte del evento.

—¿Y sus vidas?

El viajero guardó silencio.

Carlos comprendió que aquella era la parte que nunca había querido escuchar.

—¿Qué pasa con nuestras vidas?

—No lo sé.

La respuesta fue honesta.

Demasiado honesta.

La grieta se abrió por completo.

Del otro lado comenzaron a aparecer figuras.

Carlos reconoció inmediatamente sus rostros.

Eran versiones de él.

Decenas.

Cientos.

Miles.

Algunos llevaban armas.

Otros dispositivos.

Algunos estaban heridos.

Otros parecían completamente perdidos.

Todos habían llegado a la misma conclusión.

Uno de ellos gritó:

—¡No lo escuchen!

Otro respondió:

—¡Él es el origen!

Carlos miró al viajero.

—¿Quién?

Pero la multitud comenzó a avanzar.

Y entonces comprendió la verdadera tragedia.

No existía un único Carlos responsable.

Cada versión había llegado a una conclusión diferente.

Algunos creían que debían salvar las líneas temporales.

Otros querían destruirlas.

Algunos pensaban que la humanidad debía sobrevivir a cualquier precio.

Y unos pocos habían descubierto la verdad.

El problema no era cuál de ellos debía vivir.

El problema era que todos existían al mismo tiempo.

El universo no podía soportarlo.

El viajero miró a Carlos.

—La advertencia se convirtió en una infección.

Carlos observó la multitud.

—¿Y nosotros?

El hombre levantó el dispositivo.

—Nosotros somos los portadores.

Carlos cerró los ojos.

Por primera vez comprendió la misión.

No era viajar para salvar a la humanidad.

No era encontrar una vacuna.

No era detener a los hambrientos.

Era impedir que la paradoja continuara reproduciéndose.

Una línea.

Un mundo.

Una decisión.

Y ningún viajero regresando para cambiarla.

Carlos abrió los ojos.

Frente a él había miles de versiones de sí mismo.

Y todas tenían miedo.

El viajero extendió la mano.

—Tenemos que comenzar.

Carlos observó la primera luz roja del dispositivo.

Después la segunda.

Y la tercera.

Cada una representaba una vida.

Una historia.

Una versión de sí mismo.

—¿Cuántas son?

El viajero respondió:

—Las suficientes para destruir todos los mundos.

Carlos tomó el dispositivo.

Y la primera realidad comenzó a abrirse.

No sabían cuánto tiempo tardarían.

No sabían si sobrevivirían.

No sabían cuál de los dos estaba realmente destinado a desaparecer.

Pero ambos conocían una sola verdad.

La pandemia nunca había sido el enemigo.

La advertencia había sido el comienzo.

Y los viajeros que intentaron salvar el mundo...

habían terminado convirtiéndose en la enfermedad que debía ser erradicada.

La primera puerta se abrió.

Al otro lado había una ciudad desconocida.

Y, bajo una lluvia intensa, un hombre con el rostro de Carlos miraba directamente hacia ellos.

Como si los hubiera estado esperando.

Y como si ya supiera por qué habían venido.


FIN?

domingo, 23 de agosto de 2026

El viajero de las tierras paralelas...

La noche en que vino a buscarme, comprendí que algunas puertas jamás deberían abrirse.

Eran las 03:17 de la madrugada cuando escuché tres golpes en la puerta.

No esperaba a nadie.

Vivía solo y, desde hacía algunos días, había comenzado a sufrir extraños sueños. En ellos veía ciudades abandonadas, calles cubiertas de humo y personas caminando lentamente entre los automóviles abandonados. Siempre había algo extraño en sus ojos.

Y siempre, antes de despertar, escuchaba una voz que pronunciaba mi nombre.

—Carlos...

Aquella noche, cuando escuché los golpes, supe que no era un sueño.

Me acerqué lentamente a la puerta.

—¿Quién es?

Durante unos segundos no hubo respuesta.

Entonces escuché mi propia voz desde el otro lado.

—Soy tú.

Sentí un escalofrío.

Abrí la puerta.

El hombre que estaba frente a mí tenía mi rostro.

Era mayor. Quizás diez o quince años. Su cabello estaba completamente gris, tenía una cicatriz que atravesaba su frente y sus ojos mostraban un cansancio imposible de describir.

Retrocedí.

—¿Quién eres?

El hombre entró sin esperar invitación.

Observó la habitación, los muebles, las fotografías y finalmente me miró.

—Ya te lo dije. Soy tú.

—Eso es imposible.

Él sonrió con tristeza.

—En esta realidad, sí.

Sacó un pequeño dispositivo metálico de su bolsillo. Era circular y emitía una tenue luz azul.

—Pero existen otras realidades, otras líneas de tiempo, otras versiones de nosotros. Yo vengo de una de ellas.

Lo miré en silencio.

—¿Un viajero del tiempo?

—No exactamente. Viajar en el tiempo fue el primer paso. Después descubrimos algo mucho peor: el tiempo no es una línea. Es una red. Y cada decisión importante puede abrir una nueva tierra paralela.

Se acercó a la ventana.

—En mi mundo tomamos decisiones diferentes.

Su voz comenzó a temblar.

—Y perdimos.


Según él, en su realidad, una gran crisis sanitaria había llevado a la humanidad a confiar completamente en una solución experimental. Las campañas fueron masivas. Millones de personas aceptaron aquella protección sin imaginar las consecuencias que tendría años después.

—Al principio funcionó —me dijo—. Todo parecía volver a la normalidad.

—¿Y después?

El viajero tardó en responder.

—Después llegó la segunda pandemia.

Sentí un escalofrío.

—¿Otra enfermedad?

—No.

Se giró lentamente hacia mí.

—Una transformación.

Durante los primeros meses, comenzaron a aparecer casos aislados. Personas con cambios bruscos de comportamiento. Irritabilidad. Confusión. Ataques de violencia.

Luego aparecieron los primeros informes sobre una extraña alteración metabólica.

—¿Qué tenía que ver la carne? —pregunté.

El hombre apretó los puños.

—Todo.

Según su relato, la combinación de la alteración biológica provocada en aquella realidad y la disminución de ciertas proteínas presentes en la dieta tradicional produjo una reacción inesperada en algunos organismos.

No afectaba a todos inmediatamente.

Pero quienes desarrollaban la condición comenzaban a sentir un hambre imposible de controlar.

Al principio buscaban carne.

Después necesitaban más.

Cada vez más.

—¿Y si no consumían proteína animal? —pregunté.

El viajero bajó la mirada.

—El organismo comenzaba a buscar la fuente más cercana.

No quise preguntar.

Pero él continuó.

—Carne humana.

El silencio llenó la habitación.

—¿Estás diciendo que se convirtieron en...?

—No uses esa palabra.

—¿Zombies?

Sus ojos se llenaron de terror.

—No eran muertos.

Se acercó a mí.

—Ojalá lo hubieran sido.

Me explicó que aquello no era una resurrección ni una enfermedad sobrenatural. Eran seres humanos vivos, atrapados dentro de un cuerpo dominado por una necesidad biológica que destruía poco a poco su capacidad de razonar.

Al principio podían hablar.

Luego solo podían recordar fragmentos.

Finalmente, quedaba únicamente el hambre.

—Las ciudades cayeron en semanas —dijo—. Nadie comprendía lo que estaba ocurriendo. Pensaban que era una infección. Intentaron aislar a los enfermos. Después descubrieron que no era tan simple.

—¿Y tú?

El hombre miró sus manos.

—Yo sobreviví.

—¿Cómo?

Por primera vez sonrió.

—Recordando quién era.


Durante años, los sobrevivientes buscaron respuestas. Encontraron documentos, investigaciones destruidas y registros que demostraban que aquella línea temporal había seguido un camino diferente al nuestro.

La solución que habían elegido no había terminado con la crisis.

Solo había preparado el terreno para algo peor.

—Por eso estoy aquí —dijo.

—¿Para advertirme?

—Para advertirnos.

El dispositivo azul comenzó a emitir un sonido.

—Mi ventana de regreso se está cerrando.

—¿Qué debemos hacer?

El viajero guardó silencio durante unos segundos.

—No repitan nuestros errores.

—¿Qué errores?

—Creer que una sola respuesta puede salvar a toda la humanidad.

Me miró fijamente.

—Cuestionen. Investiguen. No permitan que el miedo decida por ustedes.

Luego señaló la cocina.

—Y no olviden algo importante.

—¿Qué?

—Sigan alimentándose.

—¿Eso es todo?

—En mi mundo comenzaron a aparecer movimientos que abandonaron completamente ciertos alimentos. Nadie imaginó que, en combinación con la transformación, aquello aceleraría el hambre.

Me entregó un pequeño cuaderno.

En la portada había escrito una sola frase:

“No todos los mundos terminaron igual.”

El dispositivo comenzó a brillar intensamente.

—¿Volverás?

El hombre me miró.

Por un instante, vi algo extraño en sus ojos.

Esperanza.

—Eso depende de ti.

Una luz blanca inundó la habitación.

Cerré los ojos.

Cuando volví a abrirlos, estaba solo.

El reloj marcaba las 03:18.

Había pasado apenas un minuto.

Pensé que todo había sido un sueño.

Hasta que miré mi mano.

El cuaderno seguía allí.

Lo abrí lentamente.

Las primeras páginas estaban llenas de mapas de ciudades destruidas y fotografías de personas con los ojos vacíos.

En la última página había un mensaje escrito con mi propia letra:

“Si estás leyendo esto, todavía estás a tiempo.”

Debajo aparecía una fecha.

Una fecha que todavía no había llegado.

Y, finalmente, una advertencia:

“Cuando la segunda pandemia comience, reconocerás a los primeros portadores por algo muy simple.”

Sentí que el corazón se detenía.

Leí la última línea.

“Dejarán de comer carne.”


En ese instante, desde algún lugar de la ciudad, escuché un grito.

Luego otro.

Y otro más.

Corrí hacia la ventana.

A lo lejos, en medio de la oscuridad, una figura caminaba lentamente por la calle.

No corría.

No gritaba.

Solo avanzaba.

Y entonces levantó la cabeza.

Mirando directamente hacia mi ventana.

Mirando directamente hacia mí.

Porque, aunque nadie podía saberlo todavía...

el primer viajero no había venido para advertirme del futuro.

Había venido a advertirme que el futuro ya había comenzado.


CarlosMxAx

domingo, 31 de mayo de 2026

Y que ves???

 HOLA!!!

Tanto tiempo sin pasar por acá, he tenido ciertos percances este último tiempo, en un viaje a la capital, me he caído desde un cerro y me he quebrado la muñeca, lo que ha llevado a que tuviera una operación, mi mano quedo como la Harry Potter, era una culebra de goma, esto me ha tenido dos meses con licencia médica, el cual no he podido ir a trabajar, y como es una licencia estricta no he podido salir de casa. Ya que, si viene un inspector y no me encuentra en casa, me cuestiona la licencia a pesar de que tenga una operación en la muñeca, que además tuvieron que ponerme una placa con tornillos y todo.


Pero, cambiando de tema, estos dos meses de encierro, me he dedicado a ponerme al día en series que he dejado pendiente, una de esas fue Juego de Tronos, el cual por fin llegue a su final


Y en este momento estoy dando termino a la serie cómica Big Bang Teory, y una serie cortita que tenía guardada en mi disco duro como pendiente es WestWorld, y en paralelo le estoy dando oportunidad a los animes, estoy viendo dos de fantasía de duendes, mago y caballeros, una es "Tragones y Mazmorras" y la otra serie anime es ¨"El acenso del caballero del escudo". 


Pronto, en una próxima entrada si desean imágenes de la cicatriz que me quedo y la placa que tengo en la muñeca derecha, espero que estén bien.

Saludos!



¿¿¿Y tú que ves???

MxAx

sábado, 9 de mayo de 2026

El Barco de la Muerte...

Desde un puerto sin nombre zarpó un navío,
cubierto de niebla, silencio y frío,
llevaba en sus bodegas algo invisible,
un huésped oscuro, pequeño e invencible.

No eran cañones ni pólvora vieja,
era un aliento que el miedo refleja,
como aquel tiempo que el mundo encerró
cuando el coronavirus las calles vació.

Crujía la madera bajo la tormenta,
la radio callaba, la brújula lenta,
y en cada frontera, puerto y ciudad,
crecía la sombra de una enfermedad.

Decían los viejos mirando la mar:
“las plagas aprenden también a viajar”,
y el barco avanzaba sin mirar atrás,
como si el destino lo empujara más.

Luego llegó el año del gran carnaval,
banderas y estadios, la fiesta mundial,
millones cantando bajo una ilusión,
noventa minutos latiendo en canción.

Pero en la multitud, entre cada abrazo,
viajaba escondido el siguiente fracaso,
un eco del mundo que no comprendió
las cicatrices que el tiempo dejó.

Las luces brillaban, rugía la gente,
y el miedo volvía callado y creciente,
como una marea difícil de ver,
naciendo despacio antes de crecer.

Y el barco, perdido en algún litoral,
seguía flotando, espectral y fatal,
recordando al hombre, con voz del océano:
que a veces el peligro navega en silencio humano.


MxAx

miércoles, 1 de abril de 2026

sI, sI

 Hoy yo me cayó que hablen otros...


cuando Dios creó el amor no nos ayudó
cuando Dios creó a los perros, no ayudó a los perros
cuando Dios creó a las plantas eso fue ordinario
cuando Dios creó el odio adquirimos una utilidad estándar
cuando Dios me creó él me creó
cuando Dios creó al mono estaba amodorrado
cuando él creó a la jirafa estaba borracho
cuando él creó los narcóticos estaba drogado
y cuando él creó el suicidio cayó bajo

cuando él te creo a ti recostada en la cama
él sabía lo que estaba haciendo
estaba borracho y estaba drogado
y creó las montañas y el mar y el fuego al mismo tiempo

cometió algunos errores
pero cuando te creó recostada en la cama
se vino sobre todo su bendito universo




Poema "si, si"
de Charles Bukowski

domingo, 29 de marzo de 2026

Aún hay vida...


En la aridez profunda del norte de Desierto de Atacama,
donde el silencio arde y el tiempo se detiene,
una flor despierta rompiendo lo imposible,
susurra al viento: aún hay vida.

Y así florece, pequeña pero eterna,
desafiando al desierto y al destino,
como un latido verde en la nada infinita,
recordándole al mundo que aún hay vida.



Foto corresponde al 
Desierto Florido, 
que se da desde 
Septiembre
 hasta fines de 
Diciembre cada año.