lunes, 23 de marzo de 2026

Uno

No hubo anuncio.
Ni ángeles, ni trompetas, ni redención.

Solo un error en el cielo.
Una grieta invisible,
como si el universo hubiese parpadeado…
y en ese instante
algo miró de vuelta.

Semana Santa, dijeron.
Pero el tiempo ya no obedecía nombres,
ni los días se alineaban con la historia.
El calendario comenzó a sangrar números sin sentido, 
y las sombras…empezaron a recordar.

La esfinge no despertó.
Nunca durmió.
Fue puesta ahí antes del lenguaje,
antes del miedo,
antes de la idea misma de Dios.

Un umbral…
o una advertencia que nadie supo leer.
Y entonces abrió lo que no era una boca.
No había carne, ni piedra, ni forma.

Solo profundidad.
Una profundidad que no cabía en el mundo.
Las pantallas del planeta colapsaron en una sola imagen: un ángulo imposible,
una geometría que dolía pensar,
una verdad que no podía existir…
y sin embargo… estaba.

“Uno”, susurró algo, pero no en palabras.
Lo dijo en la estructura misma de la realidad,
reordenando la materia como si fuese recuerdo.
No era un Dios.

Era lo que queda cuando la idea de Dios muere.
Las religiones se deshicieron primero,
como papel mojado en manos invisibles.
Luego los nombres.
Luego los rostros.

Las personas comenzaron a olvidar dónde terminaban.
Sus cuerpos no caían…
se desalineaban.
Sus ojos miraban direcciones que no existían,
y quienes intentaban cerrar los párpados
descubrían que ya no tenían párpados…
solo percepción.

La mentira no era histórica.
No era política.
No era humana.
Era estructural.
El universo entero era una narración mal traducida,
una versión simplificada
de algo que no podía ser comprendido sin destruirse.

Y la esfinge—
ese antiguo error en la arena—
no revelaba…corregía.
Cada grano de polvo comenzó a vibrar con intención, cada átomo recordando su forma original,
una forma que no incluía a la humanidad.

Y en medio de la desintegración del sentido,
cuando ya no existía el yo, ni el otro, ni el todo,
quedó una certeza final,
afilada como infinito:
Nunca fuimos creados.
Fuimos… tolerados.
Y aquello que observa desde fuera del concepto de existencia
no odia,
no ama,
no juzga.
Solo ajusta.

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